De Cassius Clay a Muhammad Ali

No sólo lanzó duros golpes a sus rivales en el ring, también envió puñetazos que ayudaron a noquear la discriminación racial que imperaba en el mundo en el que le tocó vivir. En este texto, un personaje ficticio, Clifford, sirve de pretexto para volver a contar la asombrosa vida de Muhammad Ali.  

Louisville, Kentucky, 1950

Pese al calor húmedo del sur de los Estados Unidos, Cassius Clay, quien se encuentra en la iglesia bautista de su comunidad, no se afloja la corbata color vino que hace juego con su modesto, pero pulcro, traje negro. “A la casa del Señor y a la celebración de su culto se acude con nuestras mejores prendas, puesto que es una gala”, ese el discurso que cada sábado le da su madre, Odessa O `,Grady, antes de acudir al templo. Ella voltea a sonreírle, sin soltarlo de la mano, al mismo tiempo que redirige su atención al sermón del pastor. Quien sí ha perdido el enfoque es el propio Cassius Clay, al centrar su concentración en las manos ásperas de su madre, evidencia del trabajo arduo de ser trabajadora doméstica en dos mansiones de la clase alta y blanca de Louisville para solventar la manutención de sus hijos. Cada vez que Cassius la veía entrar exhausta por la puerta del hogar, le preguntaba: “¿Mamá, por qué no descansas más tiempo?”, a lo que, resignada, siempre le respondía “El descanso es un lujo que solo los ricos y los blancos se pueden dar”.
 
Al término del culto, el curioso Cassius Clay cuestiona a su madre acerca de los detalles de la decoración de la mayoría de iglesias “¿Por qué Jesús es blanco y tiene los ojos azules?”, “¿Por qué en la última cena todos son blancos?”, “¿Por qué todos los ángeles son blancos?”, “¿Existen ángeles negros? Si los hay, ¿dónde están?”. Incendio de interrogantes que su madre apaga ágilmente: “Sí hay ángeles negros, solo que están ocupados en la cocina preparando leche y miel para los ángeles blancos”, una respuesta que exhibe la segregación racial y sumisión a la que era sometida la población afroamericana en el Estados Unidos de aquella época. Una distinción tan marcada que hasta un niño podía notarla. “La Tierra de las oportunidades”, en los hechos, relegaba a la puerta trasera y al cuarto de servicio a toda persona de piel oscura.
 
- Bueno, mamá, parece ser que en este país ser negro es un delito. Todo lo malo lo atañen con lo negro; la “torta del diablo” es un pastel de chocolate; el patito feo es precisamente un pato negro. A los gatos negros se les relaciona con la mala suerte; incluso Tarzán, el rey de la selva, es blanco, rompe mandíbulas de leones y habla con los animales, pero ¡los africanos que allí habitan desde siglos atrás no pueden hacerlo! -, increpa Cassius Clay a su progenitora, en los primeros delineamientos de su colosal personalidad que lo volvería uno de los deportistas más críticos del sistema.
 
- La vida no es un cuento de hadas. Enfrentarás muchas vejaciones a lo largo de tu vida, pero de ti depende si amilanan o fortalecen tu espíritu. Si quieres empezar un cambio, inicia contigo, vuelve tu ejemplo una flama tan grande que se expanda con el resto de tu raza, incitándolos a luchar por sus derechos. Pero antes, mi pequeño revolucionario, quita esa cara adusta, hazme el favor de sonreír para la foto con el resto de la congregación-, le suplica su madre con un cálido beso en la mejilla.
 
Berrien Springs, Michigan, 2015
Un decaído Muhammad Ali, de 73 años de edad, agobiado por el peso de la nostalgia, observa con detenimiento la fotografía colocada sobre el buró de su lujosa habitación. Imagen aún en blanco y negro donde aparece en sus años mozos, acompañado de su propia madre y del resto de la congregación de la iglesia bautista a la que acudió durante toda su infancia en Louisville, Kentucky.
 
“Qué joven lucía mamá, siempre fuerte y en pie como un roble”, piensa. Pese al ligero maquillaje en su rostro debido a la falta de recursos económicos, el poco cosmético le servía para difuminar sus finas arrugas, pero sobretodo para ocultar “las caricias” moradas infringidas por el alcoholismo de su esposo, Cassius Marcellus, con quien vivía constantes episodios de violencia doméstica. “Sufrir, callar, sacudirse el polvo y las lágrimas que se deslizan por la falda” era la cruz que miles de madres de aquella época cargaban en aras de sostener la “unión familiar”. La liberación femenina y el divorcio eran un pecado.
 
Intempestivamente, Muhammad gira el torso y con su codo derecho alcanza a tirar al suelo el marco, por lo que el vidrio se rompe. El ruido se escucha en la planta baja de la mansión de 32 hectáreas del tres veces campeón mundial de los pesos superpesados. Acto seguido, sube a su auxilio, el joven Clifford Lewis, hijo del jardinero de la mansión, quien a partir de esa fecha y durante las vacaciones de verano se encargaría de cuidar la integridad del afamado boxeador.
 
- ¿Se encuentra bien, señor Muhammad?
 
- Sí, umm…Clifford, ¿cierto? Eres idéntico a tu padre-, le responde Muhammad.
 
- Sí, me llamo Clifford, pero yo no quiero ser jardinero, quiero ser boxeador, como usted-, le contesta el joven mulato de escasos 14 años de edad, al mismo tiempo que monta su guardia, sin que pueda evitar la mofa del pugilista en retiro.
 
-Hijo, con esa guardia, no me hubieras durado arriba del ring ni lo que tarda uno en quitarle la envoltura a un chocolate “Kisses”-, le responde Ali con su peculiar estilo bravucón que tanto enfadaba a sus adversarios.
 
-Mejor, acompáñame a mi sala de trofeos que hoy, al igual que los viejos árboles situados afuera del jardín, el otoño me ha alcanzado y mis últimas hojas están por caer. Por eso, naturalmente, estoy ávido por recordar mis viejas glorias.
 
Noqueando al establishment norteamericano

 La sala de memorabilia del también llamado “The Greatest” es tan extensa que cualquier visitante la  confundiría con un museo del pugilismo. Está llena de cinturones de distintas organizaciones, trofeos, medallas, fotografías y recortes de periódicos, todos ellos vestigios de su peso histórico en el deporte. Entre este universo, Muhammad Ali se detiene para mostrarle a Clifford una imagen que para él tiene un enorme significado, ya que desató el inicio de su lucha por los derechos de la población afroamericana. En dicho marco aparece el propio Cassius Clay, en compañía de su amigo de la infancia, Ernett Hill. Mismo que años después fuera acribillado por policías de Louisville por la simple razón de haberle silbado a una mujer de tez blanca. Asesinato que marcó para siempre la vida de Cassius, al percatarse de la ligereza con la que se podía acabar con la vida de cualquier afroamericano.
 
Desde ese momento, el también medallista de oro en los JO de 1960 se convirtió en un ícono en contra del racismo que padeció la población afroamericana en Estados Unidos en las décadas de los 60’s y 70´s, lo que lo puso al mismo nivel,  de Rosa Parks, Malcom X, Jackie Robinson y del propio Luther King.
El oriundo de Kentucky, desde muy temprana edad, desafió el establishment norteamericano y los roles establecidos que se le imponía a las personas de color a mediados del siglo pasado. Y es que padeció en carne propia las vejaciones que experimentaba cualquier afroamericano, como cuando le negaron el acceso a un restaurante en Louisville por no ser de tez blanca, pese a ser ya campeón olímpico. En un acto de protesta se despojó de su presea dorada, arrojándola al río Ohio.
Así, inició una abierta y documentada lucha contra el gobierno de Estados Unidos, la cual vivió su punto más álgido en 1966, cuando se negó a enlistarse en el ejército norteamericano durante la Guerra de Vietnam, volviéndose la primera figura mediática en expresar públicamente su repudio contra el conflicto armado. Dicho acto le costó que la Comisión Atlética de Nueva York le suspendiera su licencia como boxeador durante tres años y medio. Lejos de amedrentarse, emprendió una feroz caravana por las escuelas públicas de Estados Unidos con la finalidad de esparcir un mensaje en contra del racismo y en pro del orgullo de la raza afroamericana.
 


Su conversión al islam
- ¡Wow! La bata con la que ganó la medalla de oro olímpica-, exalta Clifford al observar la túnica con la leyenda de “Roma 1960”, justa donde Ali se coronó campeón de los pesos ligeros. 
 
- Esa misma emoción la experimenté en la ceremonia de premiación, con la bandera norteamericana ondeando a todo lo alto dentro del recinto. Pero ese sueño terminó en pesadilla-, le contesta toscamente “The people ´s  champion”, para retomar la conversación inmediatamente.
 
- Era el campeón mundial, había luchado por mi país, tenía una medalla olímpica de oro, y pese a ello no podía disfrutar de un derecho tan básico como poder comer un estofado en un restaurante del centro de mi propia ciudad natal. Por la memoria de Alá que no te miento, Clifford; aún me hierve la sangre por aquellas palabras del gerente del restaurante “No servimos a negros”. Con gran impotencia tuve que abandonar el lugar, ubicado en las calles que eran mi camino para asistir a la iglesia. Hacía el bien como se supone debería hacerlo . En ese momento me sentí un paria de nación y de fe, encontrando un sentido de pertenencia y libertad en las doctrinas musulmanas.
 
- Mi abuelo, e inclusive mi padre, me han contado que sufrieron muchas de las humillaciones que usted me narra, como el hecho de no poder tomar asiento en los autobuses públicos que exclusivamente eran reservados para los blancos-, le manifiesta Clifford en una evidente muestra del conocimiento de sus raíces.
 
-Por ello me tacharon de pedante en muchas ocasiones, pero quería dejarles en claro que no podrían arrebatarme lo único que me quedaba: mi orgullo por ser afroamericano. Ya nos habían robado nuestros nombres, nuestra historia, nuestra cultura; nos esclavizaron y nos convirtieron en muertos vivientes, éramos negros en un país controlado por blancos.
 
 
Después de coronarse por primera vez campeón de los pesos pesados, tras su victoria contra Sonny Liston, el nombre de Cassius Clay fue declarado oficialmente muerto. Fue bautizado el 6 de marzo de 1964 por el propio Elijah Muhammad, líder del grupo “Nación del Islam”, con el nombre de Muhammad Ali, cuyo significado es “el amado de Dios”. Elijah afirmaba que su antiguo nombre, Cassius Clay, no correspondía a la grandeza de su desorbitante talento. Por lo cual, décadas más tarde, en 1999, ostentando su nuevo nombre, sería declarado, por parte de Sports Illustrated, el deportista del siglo.
Para el espigado pugilista de 1.91 metros de estatura, su antiguo nombre, Cassius Clay, representaba sus años como esclavo, ya que no lo había escogido. No así el de Muhammad Ali que simbolizaba su nueva versión, rebosante de libertad.



“¡Ali bumaye!”, “The rumble in the jungle”
Muhammad Ali, contagiado por la energía de su joven acompañante, desea mostrarle el lugar más especial de su lujosa mansión: el gimnasio que, por supuesto, cuenta con un ring de boxeo. Al llegar a dicha área, “el amado de Dios” logra subir al cuadrilátero para hacer un poco de boxeo de sombra, demostrando que, pese al mal de Parkinson, aún conserva la elegancia y técnica de su estilo pugilístico.
 
- Así es como se debe boxear, con elegancia. El juego de pies es clave para el éxito de un pugilista, debe parecer que está bailando un vals arriba del ring. Pasos cortos y calculados, midiendo al oponente, esquivándolo para atacar en el momento justo. No como ahora, que pareciera han olvidando que la defensa es un arte. Anota eso, Cliiford-, le indica Ali a su interlocutor al mismo tiempo que dirige su paso hacia la vitrina contigua al ring, en la cual está ubicada una sola foto de enorme valor para el oriundo de Louisville, Kentucky.
 
En ella se puede observar a un Muhammad Alí en el cuadrilátero con los brazos alzados al cielo de Kinshasa, Zaire, tras noquear, en el octavo round, al entonces campeón de los pesos pesados, George Foreman, para recuperar los cetros perdidos del CMB Y AMB.
 
-“The Rumble in the jungle”, ¡vaya que lo fue! De no ser por los gritos del público local de “¡Ali bumaye!” no hubiera resistido la brutal pegada de Foreman. Cada vez que me golpeaba parecía que me impactaba un camión a 60 kilómetros por hora. Pero esa madrugada me consagré como el gran héroe de África, liberando de la opresión a un continente entero.
 
“El rugido de la selva“ se considera el mejor combate en la historia del boxeo, pero también un éxito mercadológico, ya que significó la expansión del boxeo a nivel internacional, pues fue la primera vez que una gala pugilística de tal magnitud se realizaba en África.
También simbolizó el primer ladrillo en el emporio que construyó como promotor el célebre Don King, quien logró que los 5 millones de dólares que pedían por bando ambos boxeadores fueran cubiertos, en una especie de patrocinio, por el presidente de Zaire, Mobutu Sese Soko.  
 
Muhammad Alí, durante sus ocho semanas de estadía en Zaire, aprovechó el tiempo para ganarse la empatía de toda una nación que se sentía reflejada en él. Su popularidad llegó a tal grado que cientos de personas corrían diariamente con él en cada una de sus caminatas matutinas, demostrándole su afecto con el grito de guerra “¡Ali Bumaye!” que en lingala, uno de los idiomas de Zaire, significa: “¡Ali, mátalo!”.
 
- Recuerdo cada detalle de ese glorioso 30 de octubre de 1974. El estadio de Kinshasa lucía pletórico  con más de 60 mil almas reunidas. Nadie me daba por favorito, no a mis 32 años y teniendo por rival a Foreman, de escasos 24 años y que llegaba con la etiqueta de imbatible, puesto que venía de contundentes victorias en peleas frente a ex campeones como Joe Frazier y Ken Norton; ninguna se había alargado más allá del segundo round-, relata “El campeón del pueblo” de nuevo arriba del ring y con la adrenalina recorriendo cada arteria de su ser, al igual que aquel épico día.
 
- ¿Cómo fue que lo superó, si Foreman era más joven y, sobretodo, tenia una mayor pegada que usted?-, le interroga Clifford.
 
- Con mi cerebro. Entre mi entrenador, Angelo Dundee, y yo diseñamos una estrategia de combate llamada “rope-a-dope”, consistente en agotar al rival utilizando las cuerdas a favor y aprovechando dicha distancia para conectar algunas combinaciones. Era una estrategia temeraria que requería de alta resistencia física. George era un caballo desbocado al cual tenía que domar para comenzar la embestida-, recuerda.
 
- Cada golpe de Foreman cimbraba todo mi ser. Pero mi orgullo de campeón y los gritos ensordecedores de la gente de “¡Ali Bumaye!” me sacaron a flote. En repetidas ocasiones le susurré a mi rival: “Vamos, George, ¿es todo lo que tienes? No me doblegarás, ¡soy el amado de Dios!”. Poco a poco, fui mermando su condición, hasta que pude noquearlo en el octavo round, para así alzarme con la victoria y recuperar lo cetros perdidos tras mi suspensión de tres años por haberme negado a combatir en la Guerra de Vietnam.
 

“En este restaurante no se discrimina por raza, creencia ni orientación sexual” 
El verano del 2015 fue inolvidable para Clifford Lewis, fue el primero y el último que convivió por largas horas con “El amado de Dios”, aprendiendo tanto técnicas de boxeo, como matando las tardes con miles de anécdotas que el campeón afroamericano le relataba acerca de sus peleas y de sus más acérrimos rivales. El chico disfrutó el relato acerca de la trilogía que sostuvo Muhammad Ali con Joe Frazier, considerada la mejor en la historia del pugilismo. Lo inolvidable, dura poco y para el siguiente verano Clifford no fue requerido para cuidar de “The Greatest”, puesto que falleció el 4 de junio de 2016 , a la edad de 74 años, en un hospital de Phoenix, Arizona, al cual fue ingresado por problemas respiratorios.
 
Visiblemente afectado por el deceso de su amigo mayor, emprendió tres años después el viaje a Louisville, Kentucky, con la finalidad de transitar por las calles donde Muhammad Ali creció y que fueron los escenarios de varios de sus relatos. Se tomó un par de fotos a las afueras del gimnasio “Columbia”, recinto donde, el entonces Cassius Clay, tomó sus primeras lecciones de boxeo, a cargo del policía Joe Martin. También contempló por espacio de varios minutos el río Ohio, donde décadas atrás el ilustre boxeador  se supone arrojó su medalla olímpica.

Tras todo un día de tour, y ya en el centro de la ciudad, el agotamiento y el hambre lo hicieron presa, por lo cual, desesperadamente empezó a buscar un restaurante dónde cenar. Se decidió por uno que en sus marquesinas decía “Joey´s Food”, y al entrar al establecimiento, se percató de que era el mismo lugar al que, décadas atrás, se le negó el acceso al propio Cassius Clay. En cambio, ahora, sobre una de las paredes figuraba un gran letrero que indicaba “Bienvenido. En este establecimiento no discriminamos por tono de piel, orientación sexual ni creencia”.
 
Clifford ordenó de inmediato el platillo principal de la casa, el “Ali Bumaye”, consistente en un estofado de abundante porción y que fuera el platillo favorito del “campeón de la gente”. Cuando le dio el primer bocado recordó las palabras de Muhammad Ali cuando lo interrogó acerca de su concepto de grandeza: “Los trofeos, campeonatos, marcas, son solo logros  más relacionados con el ego y la vanidad individual que con el verdadero significado de grandeza. Ésta se mide en el impacto de tus obras para mejorar la vida de los demás”.
 
Inmediatamente, Clifford alza la vista y observa que el local no solo está repleto de blancos, sino también de numerosos afroamericanos. Una sonrisa de oreja a oreja se dibuja por su rostro, y como si Muhammad Ali estuviera a su lado, le susurra: “Mi viejo amigo, el legado de tu obra y de tu grandeza fue colosal, al igual que el poder de tus golpes en el cuadrilátero. Ahora podrás observar que los ángeles negros ya no solo están en la cocina, sino que también se sientan a la mesa. A tu madre le hubiera gustado verlo”.