Goden State Warriors, la nueva fiebre del oro en California


La noche del 20 de mayo de 2019 los noticieros informaban que los Golden State Warriors habían obtenido el título de la Conferencia Oeste al vencer por barrida en la serie a los Trail Blazers de Portland, accediendo, de esta forma, a su quinta final consecutiva. Y, de paso, grabando su nombre en páginas de oro en los anales históricos de la NBA al ser, junto a los Celtics de Boston de Bill Roussell (10 finales), las dos plantillas con mayor número de series de campeonato disputadas al hilo.

En una época en la que el resto de los 29 equipos de la NBA inclinan la cabeza y pasan a ser un puñado más de los súbditos de “la corte del rey LeBron James”, Los Golden State Warriors, fieles a su mote, han planteado oposición a este monarca que ha establecido su trono en Miami, Cleveland y ahora en Los Ángeles, consolidando su propio imperio. Ellos han demostrado que si bien “King” James finca el poder entorno al soliloquio del poderío físico, también en la NBA se puede triunfar mediante una cooperación que priorice el trabajo en equipo por encima de un nombre o individuo.

 En la Oracle Arena de Oakland no solo gobiernan “Los Splash Brothers” (Stephen Curry y Klay Thompson), tampoco lo hace exclusivamente un monstruo como “Durantula” (Kevin Durant), sino también el músculo de la fuerza obrera de Draymond Green y Andre Iguodala. Todos, asemejándose a una orquesta, tienen su momento para ser solistas y brillar a la defensiva dentro de este bien engrasado ensamble que hace de la rotación del balón y de la perfecta ejecución de los tiros de tres puntos, una verdadera sinfonía que deleita al oído con el sonido de cada enceste en la red contraria, o el sentido de la vista al apreciar cada pick and roll que ejecutan dentro de la pintura. “La sonata” de la Nueva Fiebre del Oro en California está a cargo del “director de orquesta” Steve Kerr, misma que ha enamorado al mundo con tres campeonatos en los últimos cinco años.

Esta revolucionada forma de jugar y de sentir el baloncesto en la NBA de los Golden State Warriors, como toda insurgencia, tiene un origen, pero sobretodo, un caudillo bajo el cual se establece la ideología del movimiento. Dicha posición la desempeña el base Stephen Curry, proveniente de la modesta Universidad de Davidson y a quien seleccionaron en el draft del 2009 con la séptima selección de la primera ronda.

 Todo cabecilla insurgente, antes de serlo, padece en carne propia los estragos de la opresión por lapsos aciagos, para después desarrollar una convicción colosal en sus palabras y actos, capaz de incendiar la llama revolucionaria en el resto de sus correligionarios. Así sucedió con Curry, quien en sus primeras tres temporadas, pagó el derecho de piso en la NBA, pues los Golden State Warriors finalizaron cada una de ellas con récord perdedor. Pero en la arista del dos veces MVP de una temporada regular (2015 y 2016), durante dicho período no ganó ni perdió, solo aprendió.


Preparando la batalla

Cada insurgencia requiere de un cuartel de dónde disponer de caudillos, en el caso de la plantilla con sede en Oakland, California, dicha proveedora fue el draft. En este tópico radica otro mérito de la dinastía que ha establecido Golden State, pues su actual éxito no se sustenta exclusivamente en una extensa cartera para fichar a los mejores elementos de la agencia libre, sino que su columna vertebral de jugadores se delineó a partir de su buen ojo clínico para reclutar a los prospectos colegiales que consideraron que mejor se podían adaptar a su revolucionario estilo de juego. El dueño, Peter Gruber (CEO de Mandalay Entertainment), tenía claro que como el basquetbol es un deporte que se construye en conjunto, por más esmero que se ponga en los acabados, si los cimientos no son firmes, ningún sistema de juego se mantendrá en pie. Por lo cual, tras la firma de Curry, lo primero que hicieron fue cambiar el escudo del equipo, consistente en un malogrado tipo de superhéroe futurista diseñado en lo 90´s, para así retornar al logotipo del Golden Gate Bridge; una medida exitosa para generar identidad con los fanáticos de la región. Posteriormente, en el draft de 2011, adquirieron al complemento ideal para Stephen Curry, Klay Thompson, dando origen a la dupla más letal del juego externo en la historia de la NBA: “Los Splash Brothers”. El lema de guerra de este dueto es: “¿por qué sumar puntos de dos en dos, cuando se puede encestar de tres?”.

Golden State, seis veces campeón de la NBA, sabía que su ataque no podía ser vertiginoso si antes no contaba con una sólida defensa, razón por la cual, en el draft de 2012, se hicieron de los servicios de Draymond Green, recluta de segunda ronda egresado de Michigan State. Y finalmente, la última pieza que hacía falta para echar a andar esta maquinaria se añadió para la campaña 2013-2014 en los hombros de Andre Iguodola, “el reserva perfecto”, quien cada vez que entra desde el banquillo se vuelve el soldado que hace de la defensa dentro del alero, un arte.

Con todas estas adiciones, la fisonomía de Golden State cambió de inmediato. En un abrir y cerrar de ojos pasaron de ser un equipo perdedor a una plantilla ganadora. Esta dinastía obtuvo su primer trofeo Larry O ´Brien en la campaña 2014-2015, vapuleando en seis juegos a los Cleveland Cavaliers. Con lo cual dieron inicio a una de las mejores sagas en finales de NBA que se han visto a o largo de la historia. Misma que por cuatro años consecutivos se repetiría, con un saldo a favor de Golden State de 3-1.

 Esta única derrota en “The Finals”, frente al Cleveland de LeBron James, caló hondo en la plantilla porque ocurrió en la temporada en la que desarrollaron su pico más alto de rendimiento: la 2015-2016. Fue una campaña de ensueño que terminó en pesadilla. Un plácido viaje al romper varios récords como el de mejor inicio de temporada regular con 24-0 y, sobretodo, al establecer la mejor marca en una campaña con 73 victorias por nueve derrotas, superando el récord de 72- 10 de los Toros de Chicago del 96, encabezados por Michael Jordan y Scottie Pippen.

 
¡Keviiin!

¡A un solo juego! se quedó Golden State de cerrar con broche de oro tan espectacular campaña, al convertirse en el primer equipo en perder una final de la NBA tras ir liderando 3-1 la serie. Una auténtica carambola en contra, que exhibió, en primera instancia, las fallas de sus sistema de juego, ya que al carecer de un hombre imponente y con gran capacidad anotadora dentro de la pintura, se volvía predecible, dimensional y por ende, vulnerable, porque dependía del buen tino de Curry y de Thompson desde la línea de tres puntos. En segundo lugar, dicho descalabro acrecentó la figura de su archirrival: LeBron “King” James.

Lo excelente puede tornarse perfectible, es por ello que la cúpula mayor de Golden State movió brillantemente, cual tablero de ajedrez, las piezas dentro de su tope salarial, para romper el mercado y hacerse de los servicios de un fenómeno anotador como Kevin Durant de cara a la temporada 2016-2017.

El impacto de la adición de “Durantula” con los Warriors fue mayúsculo, volviéndose un monstruo ofensivo de cinco cabezas casi imposible de batir. Y cosechando un par de campeonatos en las dos últimas temporadas, en las cuales, con gran comodidad, vencieron en la final a LeBron James y el resto de los Cavaliers; en ambas finales Kevin Durant fue el Jugador Más Valioso. Todavía previo a la temporada 2018-2019 acrecentaron la robustez de su nómina al fichar por un año y 5.3 millones de dólares a Demarcus Cousins, quien atraído por la fiebre del oro de ganar un campeonato con Golden State, no le importó sacrificarse económicamente, ponderando el aspecto deportivo; lo cual generó que la prensa más que verlos como Los Warriors, los consideró “Los Avengers” de la NBA. Del otro lado de la moneda, en la del vencido, para algunos directivos de la liga esta contratación fue insultante al agrandar la brecha competitiva entre Golden State con el resto de los equipos. Cada quien habla como le va en la feria.

Lo cierto es que el sistema de juego de Golden State es tan bien ejecutado en la cancha por cada uno de sus jugadores que inclusive en los partidos que no ha disputado Durant, la plantilla no pierde estamina. Abriendo el debate de si Los Warriors juegan mejor con o sin Durant. Interrogante que se responderá probablemente la siguiente temporada cuando se espera que el alero diez veces All Star emigre a otro equipo.

Por lo pronto, a manera de tentempié, queda claro que con “Durantula” dentro de la quinteta titular, el sistema de juego de Golden State se vuelve más eficaz y sencillo de producir puntos, al girar en torno a su poderío físico. Aunque en su ausencia la táctica de Los Warriors se vuelve más espectacular, con un incremento de la rotación del balón y con el deleite a la pupila que resulta apreciar los juegos acrobáticos que se vuelven los tiros de tres puntos desde ambas bandas por parte de “Los Splash Brothers”. Cada rival que los enfrenta, con o sin Kevin Durant, elige su veneno.


Disciplina y fe, los ingredientes del “chef” Curry

Fecha: martes 13 de junio 2017. Lugar: Instalaciones de los Golden State Warriors, en Oakland, California.

 - ¡370!, ¡371!, ¡372!....

Es la cuenta en orden ascendente que un Stephen Curry, bañado en sudor, lleva de cada uno de los 500 tiros que tiene que completar desde la línea de tres puntos para así dar por concluida su sesión diaria de entrenamiento. Medida que se ha autoimpuesto.

A su lado, su compañero, Draymond Green, lo mira con cierto cansancio, pero se limita en pasarle el balón en cada tiro a la par de maldecir por haber accedido a entrenar esa tarde.

 - ¡400!, ¡401! ¡Venga Draymond, arriba esa cara, cada entrenamiento nos acerca un paso a la perfección, lánzame de nuevo el balón-, incita con vigor Stephen, a quien parece que no le han pesado las tres horas de entrenamiento que lleva junto a su compañero. Acto seguido, el ala-pivote de Los Warriors, le arroja el balón con excesiva fuerza, mismo que Curry controla con cierta dificultad, para errar su tiro sin que el balón siquiera roce el aro.

 - ¡Demonios, hombre! Provocaste que fallara mi tiro, ahora tendré que lanzar 50 más-, externa Curry con desilusión, como cualquier niño que pierde en un videojuego y pulsa de inmediato el botón de reiniciar.

 - ¿Estás bromeando? ¿No hablas en serio verdad, oh, por Dios, estás loco hombre. No entiendo porqué tienes que acertar 500 encestes, si nadie te lo está pidiendo… ¡Si apenas ayer ganamos el campeonato ante Cleveland! Toma un descanso, vete de vacaciones, no sé, date un tiro-, palabras más, palabras menos, así exhorta Green con su soez y fluido vocabulario, para inmediatamente abandonar la duela rumbo al vestidor, dejando solo a Curry. Éste tras unos segundos de relativa sorpresa, se abrocha de nuevo sus tenis Under Armour, que tienen inscrito el versículo de Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” y retoma de nuevo a su meticulosa rutina:

- ¡402!, ¡403!.....

 Este pasaje resume quién es Stephen Curry y las virtudes que lo han llevado a ganar tres de los últimos cinco campeonatos de la NBA con Los Golden State Warriors, a la par de explicar porqué es considerado el mejor tirador de todos lo tiempos en la liga, pues cuenta con valores como: disciplina, liderazgo, religiosidad y ética de trabajo.

En la actualidad está situado en los cuernos de la luna, pero pese a conocer desde la cuna el teje y maneje de la NBA, ya que es hijo de Dell Curry, ex basquetbolista de los Hornets de Charlotte y Raptors de Toronto, hacerse de su propio nombre distó de ser sencillo. Al contrario, se tornó cuesta arriba por tratarse de ser quien era, a lo cual hay que sumar su aspecto físico.

Las madres lo saben todo

 En una tierra de Goliats como la NBA, cualquier David que ose triunfar en ella necesita desarrollar un temple de hierro para no desertar en el intento de hacer que estos gigantes bajen la mirada y lo aprecien como un peligro real dentro de la duela. Esta fue la optativa de Curry, quien a base de su talento y perseverancia fue quitando del camino los escollos y afrentas sufridas por su “baja estatura” y su complexión delgada, la cual estaba muy lejos del perfil musculoso de la liga, y hasta por su condición de hijo de papá.

 Durante su etapa colegial, las universidades de mayor prestigio deportivo en Estados Unidos lo rechazaron al considerar que no contaba con lo que se necesitaba para destacar en el basquetbol. Incluso quedó sumamente decepcionado al percatarse de que Virginia Tech (universidad donde jugó Dell Curry), le había mostrado cierto interés exclusivamente como un acto de cortesía hacia su progenitor.

 

Ese fue un duro golpe a su autoestima que cayó por los suelos, pero qué mejor que el regazo de una madre para encontrar cobijo y aliento. Sonya Curry, al ver a su hijo falto de fuerzas, le expresó: “Steph, te lo diré una sola vez, nadie puede escribir tu historia, solo tú” palabras que a más de diez años de distancia aún retumban en la memoria de Curry. Es la propia Sonya Curry, ex directora de un colegio Montessori en Charlotte, quien nunca dejó que su vástago dudara de sí mismo, ni perdiera la humildad y, sobretodo, la capacidad de concentración, señalando: “El primer fundamento del desarrollo de un niño es la concentración. Un niño que es capaz de concentrarse es inmensamente feliz”.

 Y a base de su asombrosa capacidad de concentración se centró solo en mejorar su juego, en vez de desmoronarse por su físico, al que otras personas apreciaban como debilidad. La primera muestra de su talento fue conducir a los Wildcats de Davidson dentro de los ocho mejores del torneo nacional de baloncesto de la NCAA. En esta discreta universidad, el jugador desarrolló dones como humildad y austeridad, ya que cada jugador solo contaba por temporada con dos pares de tenis y un par de camisetas.


Profeta de la duela

Su gran ética de trabajo y su disciplina lo hicieron, poco a poco, ganarse el respeto de la mayoría de los jugadores de la liga, a pesar a la aversión que le profesan All Stars como LeBron James, James Harden, Chris Paul y Rusell Westbrook. Y es que, debido al origen acomodado de Stephen, no lo consideran uno de los suyos, por provenir de un contexto social diferente, uno alejado de la cultura popular de la costa oeste y este con su hip-hop y actitud “gangsta,” de la cual proviene el grueso sector de atletas afroamericanos de la NBA.

 Si para estos basquetbolistas “gangsta”, su escuela fue la calle, y sus profesores y profetas, atletas del verso como Tupac, D, Dre, Snoop Dogg o el propio Eminem, para Stephen Curry su libro de cabecera fue la Biblia y Dios su principal maestro. Es un devoto tan creyente del cristianismo, que se rumora que la principal razón de su recisión de contrato con Nike fue porque esta compañía no lo dejó incluir en sus tenis pasajes bíblicos.

La fe de Curry por el Dios que mandó a su hijo a morir en la cruz para absolvernos de nuestros pecados le fue inculcada por sus padres desde pequeño, puesto que en todas las escuelas donde estudió eran de formación cristiana. Razón por la cual no es de extrañarse que conociera a los 15 años en una congregación a la que sería su futura esposa, Ayesha Alexander, con quien se casó en 2011 y ha engendrado a tres hijos: Riley, Ryan y Canon .

 El dorsal 30 de Golden State atribuye su talento a obra y gracia de Jesucristo, considerando que, a través de su habilidad y puntería con el balón, Dios lo ungió con la misión de impartir un mensaje de superación a los jóvenes para labrarse un mejor destino por medio del básquetbol. “Este profeta del deporte ráfaga” demuestra su fe en cada celebración de sus anotaciones al apuntar con el dedo índice al cielo, en una clara alusión al nazareno.

 Para Stephen, que siempre fue subestimado por visores y considerado como un freak por rivales más corpulentos y de mayor talla (Curry a los 15 años medía 1.70 metros y pesaba 45 kilos), el amor de su Cristo se volvió la fuerza para salir airoso en duras batallas contra gallardos hércules y torres como James Harden, G. Atetokounmpo, J.Embiid o el propio LeBron James. Afrontándolos con bravura, sin temor al contacto físico pese a su menor complexión, lo que provoca que estos gigantes constantemente le cometan faltas que lo envían a la línea de tiro libre. Tan pronto está en ella, antes de tirar, recita el versículo de Salmos 23:4: “Aunque ande en valle de sombras de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento”, acto seguido, como suele ser en un alto porcentaje, encesta sus dos tiros para inmediatamente mirar a las gradas donde generalmente, en partidos decisivos, lo acompaña su extensa familia. Hecho esto, besa el tatuaje que tiene en hebreo en su muñeca derecha, extraído del 13:8 de Corintios: “El amor nunca falla”, quedando claro que el amor guía su puntería.