Hermanos Rodríguez, una tragedia del automovilismo mexicano

Uno espera que los hijos entierren a sus progenitores, pero cuando esto sucede a la inversa, no solo fallece el vástago, también las esperanzas de sus padres, quienes ante tan irreparable pérdida, quedan en pausa en plena vida. En el caso de los hermanos Rodríguez, sus padres tuvieron la tristeza de tener que decirle “hasta pronto” a los retoños que, en su nacimiento, recibieron con los brazos abiertos, mismos con los que después atesoraron su último respiro.

Don Pedro Natalio Rodríguez, en su juventud, tuvo que ponerle freno de mano a su incipiente carrera en el automovilismo, debido a la falta de recursos económicos. Tan pronto guardó el casco de piloto su cartera empezó a embarnecer, pasando de ser el chofer del presidente Lázaro Cárdenas, a convertirse en uno de los magnates más acaudalados de México a base de sus múltiples negocios en la industria inmobiliaria.
Como la mayoría de padres, deseaba evitar que sus hijos sufrieran las mismas carencias que él había padecido, por lo que solventó económicamente la carrera de sus herederos varones, Pedro y Ricardo, en los circuitos y competencias más importantes del deporte motor. Inversión que los hermanos Rodríguez, a base de su enorme talento al volante, le retribuyeron con creces, llenándolo de invaluables satisfacciones, lo que le permitió realizar, a través de ellos, sus sueños de juventud. Pero el caprichoso destino le cobraría a Don Pedro su desbordante pasión por el automovilismo con la vida de sus retoños.
 
Durante la década de los 50´s un nuevo México emergía como nación, dejando atrás la etapa revolucionaria, por lo cual, el entonces presidente, Adolfo López Mateos, buscaba proyectar al mundo una imagen vanguardista del país. Encontrando en su arraigado gusto por los autos de carreras una vía idónea para demostrarlo. Inducido por el propio Don Pedro Rodríguez, cercano a su íntimo círculo de amistades, ordenó la construcción del otrora Circuito Magdalena Mixhuca (ahora Autódromo Hermanos Rodríguez) con la finalidad de desarrollar la oleada de los primeros pilotos nacionales de la, cada vez mayor, afición del automovilismo en México.
 
Cuando la monumental obra se encontraba en su etapa final, Don Pedro Rodríguez le aconsejó a López Mateos que para que el circuito fuera catalogado como el más majestuoso de Latinoamericana y, por ende, su nombre quedara grabado en la eternidad, se agregara un óvalo similar al de Monza. Seducido por el canto de las sirenas, el mandatario accedió, con lo cual se construyó la famosa curva de “La Peraltada” , misma donde, irónicamente, Ricardo Rodríguez perdería la vida.
 

La vuelta sin retorno de Ricardo Rodríguez
 
En 1961, Ricardo Rodríguez ya era una estrella mundial del automovilismo. Con tan solo 19 años se había convertido en el piloto más joven en correr a bordo de un monoplaza un Gran Premio de F1 (récord que ostentó por casi cinco décadas hasta el debut, en 2009, de Jaime Alguersuari). Pero le faltaba una gran actuación en la llamada categoría reina del automovilismo frente a su propia gente, por lo cual, en 1962, pese a que su escudería (Ferrari) no participaría en la primera edición del GP de México, por no ser puntuable para el campeonato, se le concedió participar a bordo de un Lotus 24.
 
El 1 de noviembre, primer día de pruebas, la muerte cruzó la línea de meta más rápido que el veloz Ricardo. ¿Cómo pudo batirlo? Tocándolo en su talón de Aquiles: su afán de querer agradar siempre a su papá. Ricardo ya había concluido todas su prácticas, ubicándose con el segundo mejor tiempo el día. Se disponía a irse a cenar con su esposa, cuando su padre, deseoso de verlo correr, puesto que había llegado tarde a la sesión de prácticas, le pidió que diera tan solo una vuelta más, a lo cual accedió de inmediato. Ya a bordo del monoplaza se despidió de su padre, besándole la mano mientras le decía: “Lo pruebo una vuelta y vengo, no me tardo”. Nunca más volvió. Su Lotus se incrustó contra el riel de protección de la curva peraltada debido a una falla en la suspensión. Sobre el asfalto no solo quedó el cuerpo partido en dos del joven piloto, sino también las esperanzas de todo un país que veía que, de golpe, el destino les arrebataba a un posible campeón de Fórmula Uno.
 

Las desgracias nunca vienen solas
 
A partir de esa fecha, la desgracia se volvería una vestimenta habitual para Don Pedro, quien padeció la pena de perder un hijo, no solo una vez, sino por partida doble. La muerte, no conforme con haberle arrebatado a un descendiente, empezó a acechar a su hijo mayor, Pedro, cobijándolo en un sueño eterno cuando éste había alcanzado su plenitud como piloto.
 
Pedro Rodríguez, tras dos años de retiro, en una especie de autocastigo tras la pérdida de su hermano, regresó con renovados bríos a las pistas, sabedor de que la mejor manera de homenajearlo era a través de la victoria. Despojado de todo miedo y pisando a fondo el acelerador, en un período entre 1963 y 1971 logró 7 podios y 2 victorias (Sudáfrica, 1967 y Bélgica, 1970) a lo largo de 54 carreras en la Fórmula Uno. Aunado a eso, se coronó campeón de las 24 horas de Le Mans (1968) y bicampeón, en años consecutivos, de Las 24 horas de Daytona (1970 y 1971).
 
No hay muerte más honrosa que haciendo lo que a uno le apasiona y Pedro Rodríguez partió de este mundo bajo este postulado. Cuenta la leyenda que el también llamado “ojos de gato” por su habilidad de conducir tanto de noche como en lluvia, lo último que hizo en vida fue enviarle a su padre un telegrama que decía: “Corro hoy en Nüremberg, llamo después de la carrera”. Tristemente, esa llamada nunca se realizó. El hijo homónimo de Don Pedro falleció durante las 200 millas de Norisring al estrellarse contra un muro de contención, a bordo de un Ferrari 512.
 
En México, la noticia de su deceso se dio a conocer a través de la voz de Jacobo Zabludovsky, convirtiéndose de inmediato en tragedia nacional, puesto que en menos de diez años el país perdía en trágicos accidentes a su mejor generación del automovilismo mexicano (pues a eso se le suma la defunción de Moisés Solana). Desde Tijuana hasta Mérida, la gente se conmovió con el dolor de un padre quien, desde esa fecha hasta el día  que expiró, diariamente acudió a colocar flores a la tumba de sus dos hijos en el Panteón Español. Una familia unida, y a la vez separada, por la pasión por el automovilismo. Seguramente, al cruzar la meta de esta carrera llamada vida, padre e hijos se volvieron a reunir, haciendo rugir el motor de sus autos deportivos sobre el asfalto de la misma curva peraltada del Autódromo que hoy lleva el nombre de “Hermanos Rodríguez” en su honor.