Óscar Pistorius, el atleta que asesinó a su novia y a su carrera

“Por momentos, siento que no tengo derecho a vivir por haberle quitado la vida  a alguien. Es muy difícil lidiar con el cargo de asesino”, estas fueron las palabras  del atleta paralímpico sudafricano, Óscar Pistorius, en su primera entrevista  otorgada a un medio de comunicación, luego de haber sido encontrado  culpable del asesinato de su novia, la modelo Reeva Steenkamp.

Desde la fatídica noche del 14 de febrero de 2013, Oscar Pistorius dejó de ser un emblema de la superación para convertirse, ante los ojos del mundo, en un claro ejemplo de la degradación humana. El titán que había alcanzado la cumbre en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, al convertirse en el primer atleta con las dos piernas amputadas en competir en unas olimpiadas, se veía envuelto en la polémica, recibiendo motes de toda índole, desde “inquisidor” hasta “víctima”.
 

Los sucesos


El juicio contra Óscar Pistorius inició el 3 de marzo del 2013, en Pretoria, Sudáfrica. De acuerdo con la defensa, esa noche, el campeón paralímpico se levantó para traer unos ventiladores al dormitorio, cuando escuchó ruidos que le hicieron pensar que había un ladrón dentro de la casa, aunque en realidad se trataba de su novia, que estaba en el baño. Asustado por los sonidos, se dio la vuelta para tomar un arma que tenía junto a la cama, sin advertir si Steenkamp estaba o no ahí, porque estaba oscuro. Pistorius caminó en sus muñones por un pasillo, mientras le gritaba a su novia para que saliera de la cama y llamara a la policía.

Pistorius dijo que escuchó un ruido en el baño, que le hizo imaginar que alguien iba a abrir la puerta para agredirlo y en ese momento disparó. De acuerdo con su versión, cuando descubrió el cuerpo de su novia, volvió al balcón a pedir ayuda.

Ante la falta de pruebas suficientes que determinaran si el corredor sabía quién estaba detrás de la puerta, inicialmente fue condenado a cinco años de cárcel por homicidio imprudencial, y en octubre de 2015 se le concedió llevar su sentencia en arresto domiciliario. Pero, posteriormente, el Tribunal Supremo revisó el expediente y elevó el delito al cargo de asesinato, lo que le implicó una pena de quince años de prisión.
 

Esclavo de sus propios impulsos


Irónicamente, a Óscar Pistorius no lo alejaron de las pistas las lesiones, ni la discriminación, ni su discapacidad física. El único que acabó con su prometedora carrera deportiva y lo tiene confinado en una celda, ¡es él mismo!
No es la primera vez que el deporte se tiñe de rojo, ante la implicación de un atleta en un asesinato. Pero a diferencia de otros, el caso Pistorius remueve fibras más profundas debido a sus valores añadidos. Antes de ser declarado culpable de asesinato, era el perfecto ejemplo de superación ante la adversidad. Ostentaba una carrera deportiva intachable y era un ídolo para aquellos que han sido discriminados por padecer una discapacidad física.
 

El sueño terminó en pesadilla
 
El hijo amado de Sudáfrica, nacido en Johannesburgo, con su valentía y aplomo ante el infortunio, pero sobre todo por representar el más puro espíritu olímpico de superación personal, contribuyó a disminuir las heridas de un apartheid que, aún en esencia, no se ha erradicado por completo.

Tanto la población de tez blanca, como negra, se enorgullecieron al verlo correr aquella tarde en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, de igual a igual con los atletas en plenitud de capacidades físicas. ¡Igualdad! El sueño anhelado por la población desfavorecida de Sudáfrica que, al menos por una tarde, observó que se hizo realidad en los pies mecánicos de Pistorius. Sueño que terminó en pesadilla, por lo que las calles de Johannesburgo retiraron hasta el último anuncio publicitario con su imagen, evidencia de su caída en desgracia. Pareciera que de Óscar Pistorius ya no se habla en voz alta, sino en las sombras; del grito pasó al murmullo.

A la gente de Sudáfrica le hurtaron a su héroe que resplandecía imponente en las pistas, dejándoles una imagen grotesca de quien, envuelto en lágrimas, lució arruinado económica, moral y psicológicamente ante el jurado. Prueba fehaciente de que los deportistas no son dioses, son humanos con cualidades y defectos y, por ende, no deben ser erigidos como ídolos, ya que pueden romperse con la misma facilidad que el barro.