Paul Klee, idilio con el color

Al observar la obra de Paul Klee queda claro el rol que el color jugaba para él. A pesar de que los críticos de arte no se ponen de acuerdo para situarlo en una escuela, la influencia de este artista que trabajó muy de cerca con Kandinsky, sigue vigente en el arte.

Las formas geométricas y su evidente formación musical son elementos que han logrado atrapar para siempre al público que lo sigue admirando a través del tiempo y el espacio.

 Alemán por su padre, pero suizo por nacimiento y por elección (nació en Berna), Paul Klee provenía de una familia de músicos. Su padre, Hans, era músico y profesor en la escuela estatal de Berna y se encargó de que su hijo recibiera una esmerada educación musical. Tanto así que Paul comenzó a tocar el violín cuando tenía siete años y para cuando cumplió 11, se convirtió en miembro honorario de la orquesta de Sociedad Musical de dicha localidad.


Münich

Los inicios pictóricos de Klee fueron en Münich, pues en esa época esta ciudad era el epicentro del arte, lo cual lo expuso a los más selecto del expresionismo alemán. Allí conoció a Wasili Kandinsy y se unió al grupo que éste dirigía, “Der Blaue Reiter”, en donde trató con otros artistas que eran parte de él como Franz Marc, August Macke, Alexej Jawlensky y la alemana Gabriele Münter, quien fue pareja de Kandinsky.

 
Bajo una nueva luz

En 1914, Paul hizo un viaje a Túnez en compañía de August Macke y Louis Moillet, cuyos resultados fueron absolutamente fructíferos en la obra de los tres artistas. Dicho viaje fue sumamente influyente en el trabajo de Klee, Macke y Moillet, cuya intención inicial era ver de cerca los elementos propios del orientalismo que imperaba en el siglo XIX. Sin embargo, después de visitar Túnez, St Germain, Hammamet y Kairouan, su estilo se impregnó de formas ornamentales y estructuras cristalinas que hablan de un inicipiente modernismo. Pero para Klee la especial luz que pudo disfrutar en esta región lo llevó a ver el color de una manera que nunca había considerado, por lo que, partir de ese momento, se convertiría en un tema que le apasionaba al grado de dedicar gran parte de su vida a hacer investigaciones sobre éste, por considerarlo la principal herramienta del arte. En sus cuadros, Klee separaba los objetos en diferentes planos de color para lograr una construcción visual de patrones a los que añadía símbolos y arabescos.

El libro “Paul Klee, August Macke, Louis Moilliet: The Journey to Tunisia 1914” de Michael Baumgartner, Erich Franz, Ernst-Gerhard Guse, Ursula Heiderich, Rainer Lawicki (Amazon) es un documento que recopila los diarios, bocetos y acuarelas relacionados con este viaje.


En movimiento

Se considera que el periodo más fructífero del artista fue 1921 a 1931, pues en esa década Paul se dedicó a ser profesor de la Bauhaus, la escuela de arquitectura, diseño y arte fundada por Walter Gropius en Alemania; primero estuvo en la región de Weimar y después en Dessau. En esa época, Klee dejó lo que algunos han llamado su legado pedagógico, que consiste en cerca de 4,000 páginas en las que recogió sus investigaciones teórico-prácticas, que son tan valiosas porque además de sus reflexiones incluyen diagramas, esquemas, escalas de color, tablas, construcciones y dibujos. Así como también notas acerca del movimiento, las estructuras de la naturaleza, la geometría, el plano y el volumen.

En 1928 viajó a Egipto cuyos bellos paisajes lo llevaron a crear composiciones estriadas, acordes con su teoría de las estructuras horizontales y verticales, que incluían jeroglíficos e inscripciones.

 
Infinito

Paul Klee pasó sus últimos años en Berna, su ciudad natal, a la que regresó debido a que los nazis declararon que su arte era una aberración. Aunque para entonces ya padecía esclerodermia, una terrible enfermedad degenerativa, los cuadros que pintó hacia el final de su existencia estaban cargados de una intensidad creadora en la que por fin logró amalgamar la vida y el arte a través de la forma y el color.